Nocturno

Pasto Galería, Buenos Aires, Argentina, Junio 2014
Instalación
Pinturas en papel y lienzo, fotografía, alambre, cadena, dispositivos lumínicos, objetos.

LA ANGUSTIA DE AGUSTÍN

Una buena parte de los artistas contemporáneos podría caer dentro de lo que psiquiátricamente se conoce como “acumulador”  (ese trastorno obsesivo‑compulsivo que lleva a quien lo padece a acumular objetos inútiles)

Por supuesto.

Si no fuera porque en este caso (y en general, tan atravesada como está por la ceguera positivista) la psiquiatría no puede dar cuenta de lo que ocurre.

Pero no estoy hablando (o sí) de arte contemporáneo sino de Agustín González Goytía.

En todo caso no estoy hablando de arte contemporáneo sino de lo que en Agustín hay de contemporáneo.

Aunque.

Probablemente, esto me está llevando al borde entre lo que en Agustín hay de contemporáneo y lo que habría  –no ya de moderno– sino, incluso, de atávico.

Porque.

En Agustín (nombre que lleva la carga antigua de la santidad) lo que emerge no es lo contemporáneo sin más, sino la lucha entre lo que pertenece de derecho a lo que en la actualidad se podría denominar como tal (si es que –en verdad– pudiéramos afirmarlo tan definitivamente) junto a sobrevivencias antiguas (incluso, rancias).

En Agustín se da –no sólo en él, pero en él es intenso– la lucha entre los discursos aceptables como “actuales” y los que (aunque no sean exactamente inerciales) parecen encontrar su lugar a duras penas y después de grandes malabarismos por parte de quien los produce. Lucha entre lo que se supone vivo (es decir contemporáneo) y los “muertos vivos” que regresan una y otra vez.

Entonces.

Vuelvo al comienzo: Agustín deviene un acumulador, alguien que junta –uno al lado de otro–  objetos.

Sólo que –y aquí la cosa parecería invertirse– los que pertenecen a ese espacio atávico son los que pueden reclamar el “valor”, la “importancia” (en tanto obra de arte que –y por eso, entre otras razones, lo sería– lleva adherida un autor) frente a esos otros que –si no fuera por su anclaje en una historia tejida por éstos– difícilmente pertenecerían al campo del arte.

Probablemente, la zona de convergencia sea menos simple y menos tratable (psiquiátrica o críticamente).

Tal vez lo mejor sería dar cuenta de esa mutua legitimación que da al otro su situación en el mismo campo de batalla.

Aunque.

Quizás las afirmaciones (o dudas) anteriores no sean más que la sobrevivencia (el Nachleben, diría Warburg) de otro “muerto vivo” moderno: la confrontación vanguardista entre lo que es aceptable –y lo que no– aquí y ahora y lo que esté haciendo Agustín sean Vanitas contemporáneas en que la acumulación no pueda –ya– pasar por la tranquilizadora homogeneización de una técnica (la pintura) y tenga que ser entregada al otro en crudo (por supuesto, no sin la sutileza y la exquisitez del ordenamiento y la ubicación ritual de cada objeto).

Si es así, la angustia de Agustín sería solamente la tentación –a la que por alguna razón no pude resistirme– de un juego de palabras.

Sin embargo.

De ser cierta esta última proposición, me parece ver (en los intersticios, en los espacios que dejan los encuentros entre pinturas y objetos cotidianos) emerger algo (no ya en Agustín, sino en la producción misma, en esa intersección que se ha llamado obra) que estoy tentado de llamar goce.

Roberto Echen

Rosario, 31 de mayo de 2014